Se nos ha dicho mil veces que el infierno es el lugar al que las almas
de los pecadores llegan después de la muerte. Ahí serán torturadas eternamente
y bajo este argumento uno piensa dos veces antes de cometer algún acto
contrario a las buenas costumbres. Yo me considero una persona decente, sin
embargo ya no le tengo miedo a este lugar pues lo he visto con mis propios
ojos, se ubica en Polanco y se llama Instituto Nacional de Migración.
Últimamente, mi familia ha adoptado una extraña moda de enamorarse de
personas extranjeras (mínimo con doble nacionalidad) y por más romántico que
suene, la verdad es que es una pesadilla burocrática. Yo no soy abogada ni
gestora, pero mi tío decidió pedir mi ayuda para legalizar la estancia de su
amorcito, polaca de nacimiento.
He ido a ese horrible lugar en numerosas ocasiones y siempre salgo
haciendo bilis pero lo que me ocurrió el pasado jueves me convenció de que el
INM es el lugar más infeliz que existe. Lo único que requería era entregar la
copia de mi recibo del banco (porque los muy cínicos te cobran por los
malestares que te causan), parecía muy sencillo, a prueba de tontos. Había
quedado de ir a la Cineteca Nacional a ver Blue Jasmine. "A las 11:30 a.m.
salgo, máximo" le dije a mi novio.
Llegué a las 10 a.m. y la
fila no se veía más larga de lo usual, comencé a leer los últimos capítulos de Instrucciones para vivir en México de
Jorge Ibargüengoitia (libro que inspira este mal intento de artículo) y de
pronto, nos dividen. Extranjeros de un lado y abogados del otro. Lo divertido
aquí es que hay como diez ventanillas para atender a quince personas de
distinta nacionalidad y sólo dos para los casi cien mexicanos que estábamos ahí
reunidos para hacer los mismos trámites.
Terminé el libro, ya eran
las 11:30 y no me había movido ni diez lugares, los encargados de ventanillas se
tardaban muchísimo con cada persona y hasta se daban el lujo de ponerse a
platicar o desaparecer sin razón aparente. Ya bastante desesperados, los
presentes en la fila comenzamos a volvernos amigos debido al odio que le
profesamos a ese lugar.
Platicando con varios
abogados (ya todos pasados de cincuenta años) me entero que si de por sí el
Instituto siempre había sido sinónimo de ineptitud, desde que entró la nueva
administración las cosas han ido de mal en peor. "Hacen que uno esté
parado aquí por horas y si alguien hace la más mínima queja, te tratan como
leproso y olvídate de que tu trámite esté listo pronto" comentaba una
señora.
"Ayer, logré salir
hasta las cuatro de la tarde" me dijo otro señor que para esas horas ya
era mi cuate. "Dice el licenciado (inserte un apellido elegante aquí) que
formen una sola fila para que puedan atendernos" nos indica un abogado muy
trajeado que se encontraba unos lugares atrás. La rechifla no se hizo esperar,
no conformes con tenernos de pie por horas nos impiden viborear a gusto.
Pasadas las 12:30 p.m. el
enojo ya era insoportable por lo que mis nuevos valedores empezaron a darme
consejos: "hazte pasar por la extranjera, al fin que igual eres
mujer", "dile al licenciado que lo tuyo es sólo una preventiva y que
ya tienes que irte a un examen". El licenciado que anda paseándose por las
filas y se dedica a gritarte es una persona muy intimidante, por lo menos para
mí, así que mis jovenazos amigos en su afán de ayudarme inventándole que ya me
tenía que ir, sólo lograron que nos dijera en un tono altanero: "Yo no sé
a quién atender, si no se forman bien no entiendo quien va primero".
Para esto, antes de
nosotros habría otras 40 personas. "Ella sólo tiene que entregar ese
ticket, recíbaselo" insistió otro de mis defensores. "¡Ya le dije que
tiene que esperar en esta fila!" gritó tajante. Decidí resignarme, si bien
me iba, lograría salir de ese infierno en otras tres horas. Al ser una persona extremadamente
sensible, la bilis me estaba destrozando y sabía que en cualquier momento
comenzaría a llorar.
Los amables señores que me
rodeaban se percataron que no me sentía nada bien e intentaron tranquilizarme,
lo cual sólo me puso aún peor pues no soporto que la gente me observe bajo esas
circunstancias. A punto de entrar en crisis de llanto me despedí de ellos, les
agradecí y resolví que lo mejor sería decirle a mi tío que obligara a su amada
a ir otro día, pues ella en su condición de extranjera no recibiría los mismos
tratos por los que yo tuve que pasar.
Y ahí voy, camino al metro,
llorando en público y pensando que soy una maricona que no aguanta nada ¡QUE
OSO! Llego al fin con mi novio luciendo como toda una emo, su mamá es española
así que él sabe la pesadilla que significa ir al INM, me mira preocupado y
dice: "si quieres, mañana te acompaño". Juro que es lo más romántico
que me han dicho en esta vida.
