sábado, 16 de noviembre de 2013

Pesadillas burocráticas: ¿qué mal estoy pagando?

Se nos ha dicho mil veces que el infierno es el lugar al que las almas de los pecadores llegan después de la muerte. Ahí serán torturadas eternamente y bajo este argumento uno piensa dos veces antes de cometer algún acto contrario a las buenas costumbres. Yo me considero una persona decente, sin embargo ya no le tengo miedo a este lugar pues lo he visto con mis propios ojos, se ubica en Polanco y se llama Instituto Nacional de Migración.

Últimamente, mi familia ha adoptado una extraña moda de enamorarse de personas extranjeras (mínimo con doble nacionalidad) y por más romántico que suene, la verdad es que es una pesadilla burocrática. Yo no soy abogada ni gestora, pero mi tío decidió pedir mi ayuda para legalizar la estancia de su amorcito, polaca de nacimiento.

He ido a ese horrible lugar en numerosas ocasiones y siempre salgo haciendo bilis pero lo que me ocurrió el pasado jueves me convenció de que el INM es el lugar más infeliz que existe. Lo único que requería era entregar la copia de mi recibo del banco (porque los muy cínicos te cobran por los malestares que te causan), parecía muy sencillo, a prueba de tontos. Había quedado de ir a la Cineteca Nacional a ver Blue Jasmine. "A las 11:30 a.m. salgo, máximo" le dije a mi novio.

Llegué a las 10 a.m. y la fila no se veía más larga de lo usual, comencé a leer los últimos capítulos de Instrucciones para vivir en México de Jorge Ibargüengoitia (libro que inspira este mal intento de artículo) y de pronto, nos dividen. Extranjeros de un lado y abogados del otro. Lo divertido aquí es que hay como diez ventanillas para atender a quince personas de distinta nacionalidad y sólo dos para los casi cien mexicanos que estábamos ahí reunidos para hacer los mismos trámites.

Terminé el libro, ya eran las 11:30 y no me había movido ni diez lugares, los encargados de ventanillas se tardaban muchísimo con cada persona y hasta se daban el lujo de ponerse a platicar o desaparecer sin razón aparente. Ya bastante desesperados, los presentes en la fila comenzamos a volvernos amigos debido al odio que le profesamos a ese lugar.

Platicando con varios abogados (ya todos pasados de cincuenta años) me entero que si de por sí el Instituto siempre había sido sinónimo de ineptitud, desde que entró la nueva administración las cosas han ido de mal en peor. "Hacen que uno esté parado aquí por horas y si alguien hace la más mínima queja, te tratan como leproso y olvídate de que tu trámite esté listo pronto" comentaba una señora.

"Ayer, logré salir hasta las cuatro de la tarde" me dijo otro señor que para esas horas ya era mi cuate. "Dice el licenciado (inserte un apellido elegante aquí) que formen una sola fila para que puedan atendernos" nos indica un abogado muy trajeado que se encontraba unos lugares atrás. La rechifla no se hizo esperar, no conformes con tenernos de pie por horas nos impiden viborear a gusto.

Pasadas las 12:30 p.m. el enojo ya era insoportable por lo que mis nuevos valedores empezaron a darme consejos: "hazte pasar por la extranjera, al fin que igual eres mujer", "dile al licenciado que lo tuyo es sólo una preventiva y que ya tienes que irte a un examen". El licenciado que anda paseándose por las filas y se dedica a gritarte es una persona muy intimidante, por lo menos para mí, así que mis jovenazos amigos en su afán de ayudarme inventándole que ya me tenía que ir, sólo lograron que nos dijera en un tono altanero: "Yo no sé a quién atender, si no se forman bien no entiendo quien va primero".

Para esto, antes de nosotros habría otras 40 personas. "Ella sólo tiene que entregar ese ticket, recíbaselo" insistió otro de mis defensores. "¡Ya le dije que tiene que esperar en esta fila!" gritó tajante. Decidí resignarme, si bien me iba, lograría salir de ese infierno en otras tres horas. Al ser una persona extremadamente sensible, la bilis me estaba destrozando y sabía que en cualquier momento comenzaría a llorar.

Los amables señores que me rodeaban se percataron que no me sentía nada bien e intentaron tranquilizarme, lo cual sólo me puso aún peor pues no soporto que la gente me observe bajo esas circunstancias. A punto de entrar en crisis de llanto me despedí de ellos, les agradecí y resolví que lo mejor sería decirle a mi tío que obligara a su amada a ir otro día, pues ella en su condición de extranjera no recibiría los mismos tratos por los que yo tuve que pasar.

Y ahí voy, camino al metro, llorando en público y pensando que soy una maricona que no aguanta nada ¡QUE OSO! Llego al fin con mi novio luciendo como toda una emo, su mamá es española así que él sabe la pesadilla que significa ir al INM, me mira preocupado y dice: "si quieres, mañana te acompaño". Juro que es lo más romántico que me han dicho en esta vida.


sábado, 2 de noviembre de 2013

Besos de azúcar



 DirectorCarlos Cuarón

México | 2013 | 87 minutos

Tepito es el escenario de la nueva película del director de Rudo y Cursi, quien esta vez narra la historia de Nacho y Mayra, interpretados por César Kancino y Daniela Arce, ambos debutantes.

Los protagonistas apenas salieron de la niñez y enamorarse a esa edad es algo muy inocente e ingenuo. Desafortunadamente para ellos, el contexto que los rodea es violento por lo que tendrán que enfrentarse al maltrato de sus propias familias así como a la crudeza misma del lugar.

Además de esto, el amor entre Nacho y Mayra está prohibido, ya que la mamá de ella es "La Diabla" quien controla a los ambulantes, entre los que se encuentra el padrastro de Nacho, e incluso hasta mandos políticos. Por si fuera poco, el otro hijo de "La Diabla" apodado "Chiquibuki", se ha convertido en el terror del barrio y no descansará hasta separar definitivamente a los jóvenes que desean una vida muy distinta a la que tienen. 

La cinta de Carlos Cuarón está llena de estereotipos, aunque su verdadero problema es que intenta ser dramática pero tiene tantos guiños a la comedia, muchos de ellos proporcionados por Héctor Jiménez en el papel de "Cacayo" (único amigo de Nacho), que nunca termina de convencer y cuando llega el clímax de la historia, el espectador se mantiene indiferente.